Unos meses en TROJES… suficientes para amar la vida

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Por Andrés Martínez, CSSR

Este año como parte de mi proceso formativo fui destinado a la comunidad redentorista que se encuentra en Trojes; un pequeño municipio del departamento del Paraíso en Honduras. Las personas que habitan este lugar se dedican básicamente a la agricultura, siendo el café su principal cultivo, y a la ganadería. Es un lugar al que perfectamente se puede llegar con el deseo de hacer turismo, pues posee preciosos paisajes, caudalosos ríos, atractivas cascadas, abundante y bendecida flora, zonas montañosas que albergan todo tipo de coloridos, apropiados para un buen pintor. Trojes en este sentido es un bello lugar para todo turista cansado de las cosas rutinarias. Pero por supuesto mi presencia en este lugar no fue con la intención de hacer exploración. Es por esto que quisiera comenzar diciendo lo siguiente. Cuando se han vivido acontecimientos muy fuertes que de alguna manera marcan la vida se hace difícil compartirlos y es entonces cuando  se usa aquella conocida expresión: “no encuentro palabras para describir lo que he vivido”. Yo sin embargo sí encuentro algunas palabras apropiadas para compartir mi experiencia durante mi estadía en Trojes: servicio, tristeza, y gratitud.

Andres4Servicio. Trojes es una zona de misión. Posee más de 200 aldeas a las que durante el año hay que atender; llegar a esos lugares no deja de ser una osada y desafiante aventura. Esta ha sido mi experiencia. Junto al padre Guillermo casi todas las semanas nos hemos dedicado a recorrer esos lugares para visitar los diferentes grupos juveniles, tras largas horas de camino algunas veces a caballo, otras en carro o en moto, otras cruzando el famoso Río Coco (como me tocó a mí) y otras utilizando el medio de transporte más antiguo: los pies. Todo nuestro esfuerzo se veía recompensado cuando a lo lejos contemplábamos con asombro a los jóvenes venir de diferentes puntos bajando o subiendo montañas para poder reunirse con nosotros quienes les ofrecíamos un día y medio de retiro para encontrarse más con Dios. Por lo general se congregaban alrededor de 25 y 30 jóvenes que con ilusión nos esperaban y manifestaban su asombro ante el hecho de que misioneros extranjeros estuvieran metidos en estos “lugares perdidos”, como ellos mismos los calificaban. Acompañar a los jóvenes durante todos estos meses ha sido para mí muy enriquecedor. Y, aunque tuve la oportunidad de servir en otras aéreas pastorales como celebraciones de la palabra, acompañamiento a los acólitos, grupos de niños y grupo de confirmación, el servicio que presté a los jóvenes en las aldeas significó para mí una gran oportunidad para valorar la vocación misionera. Cada vez que iba a visitar alguna comunidad notaba como la gente se alegraba con la presencia del sacerdote y/o del misionero. Con todo esto he llegado a la conclusión de que es importante vivir la “pastoral de presencia”: el solo hecho de estar con ellos dice más que mil palabras; en realidad ven en el misionero a Dios que está allí para acompañarles.

Tristeza. Me tocó ver muchas situaciones ante las que pasaba de la sorpresa al enfado, o simplemente, sin poder hacer gran cosa, reflexionaba con la cabeza abatida sobre mis hombros. Tristeza porque en Trojes es fácil comprobar sin necesidad de hacer mucho análisis sociológico que la pobreza es consecuencia de la injusticia; una pobreza que como consecuencia trae otros muchos problemas. Tristeza porque es común mirar en las aldeas a muchos niños desnutridos que se alimentan únicamente con una tajadita de plátano, o con una tortilla y un poco de sal. Esta realidad me está gritando “hace más llevar algo de provisiones que una simple palabra de vida”. Tristeza porque la gran mayoría de los jóvenes de Trojes vienen de familias desintegradas, quizá sea la razón de tantos jóvenes con baja autoestima, depresión, y problemas mentales que condiciona su manera de pensar y sentir. En este sentido hay un campo amplio para cualquier psicólogo que quiera ofrecer su servicio profesional. No olvido cuando en una de las comunidades hubo un momento para que los jóvenes expresaran sus más grandes sueños; fue triste cuando varios de ellos con la voz quebrada y a punto de derramar lágrimas decían “mi sueño es conocer algún día a mi padre” o “poder perdonar a mi madre que me abandonó”. Este tipo de expresiones reflejan una realidad muy triste de Trojes: jóvenes de corazón herido desde su tierna infancia. Tristeza porque durante el año vi llegar a las puertas de nuestra casa a personas realmente pobres en busca de una ayuda económica para poder comprar un medicamento de emergencia, o para poder comprar una libra de arroz para poder alimentar a su familia. Tristeza porque desearíamos eliminar de la mente de las personas aquel refrán “el que me las hace me las paga”, pues muchas personas son asesinadas a causa de conflictos familiares o en otras ocasiones por la simple avaricia, celos de parejas o infidelidades. Tristeza porque es frecuente toparse con jovencitas de 13 y 15 años con esposo y criando niños porque la pobreza, el bajo nivel de educación, las pocas posibilidades de superación han hecho costumbre el “amachinamieto” como ellos llaman a la unión libre. Tristeza porque hay una fuerte proliferación de grupos protestantes que presentan una falsa idea del Dios misericordia. Tristeza porque a pesar de contar con medios como clínica médica, espacios en la radio y televisión local, laicos comprometidos, quisiéramos  hacer más por ayudar a este pueblo pobre y sufrido pero no poseemos todos los medios necesarios para ofrecer mejores posibilidades de vida. Acá hay tanto que hacer a nivel social. Pero que quede claro, no me sumergí en la melancolía sino que veía en todo un llamado a ser mejor persona, solidario y comprometido con el pueblo.

Andres1Gratitud. Estoy profundamente agradecido con Dios por haberme llevado a Trojes. Descubrí que la vida es dinámica y es una realidad más compleja que lo que uno puede contemplar entre cuatro paredes. Estoy muy agradecido con toda la gente que durante este año de misión, como lo llamó el padre Provincial, me brindó su apoyo, cariño y cercanía. Gracias a la comunidad redentorista que me hizo sentir en casa. Gracias a su ejemplo y entrega, porque me hicieron percibir el carisma en su forma más original. Gracias al pueblo trojeño porque saben amar, servir y valorar el trabajo de nuestra congregación.

Termino respondiendo a la pregunta: ¿Por qué ir a Trojes? Ir para servir y comprobar que la realidad es más que mi mundo y mis ideas; Trojes necesita de personas que estén dispuestas a ayudar desde el servicio médico, la terapia psicológica,  la ayuda económica, la educación y por supuesto la evangelización. Ir para servir y ofrecer a Dios y a los hermanos la posibilidad de tocar sus vidas. Ir con las manos abiertas para regresar cargando la satisfacción de haber ayudado y haber experimentado la sonrisa de todos los niños que con tristeza se despiden, el deseo de cambiar nuestro mundo y regresar así con más ánimo de servir. Ir a Trojes en definitiva, como muchos misioneros lo han expresado: para cambiar el rumbo de nuestras vidas.

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